Lanzarote, capítulo dos: volver a la isla que siempre sorprende
Un recorrido por la Lanzarote más auténtica: playas salvajes, pueblos con alma, rincones menos conocidos y una ruta gastronómica que confirma que la isla se vive con todos los sentidos. Una segunda mirada que complementa nuestro primer viaje a la isla, que puedes leer aquí.


Mirador del Río: donde el arte se funde con el abismo
Visitar el Mirador del Río es mucho más que asomarse a un paisaje: es vivir una experiencia sensorial única suspendida a 500 metros de altura sobre un acantilado. Obra maestra de César Manrique, este enclave, inaugurado en los años 70, es un emblema de su genial fusión entre arte y naturaleza. Desde el primer instante, el visitante queda envuelto por la arquitectura orgánica que se mimetiza con la roca volcánica, y por la simbólica escultura que custodia la entrada —un ave y un pez—, representación poética del aire y el agua que reinan en este entorno.

Al cruzar su entrada discreta y sinuosa, se revelan dos ventanales abovedados que parecen esculpidos en el propio risco. Son los ojos del Mirador. A través de ellos, la mirada se desliza por las faldas del Risco de Famara, sobrevuela el estrecho de El Río y se posa, hipnotizada, en La Graciosa. Al fondo, se dibujan las siluetas de Montaña Clara, Alegranza, Roque del Este y Roque del Oeste: las joyas salvajes del Archipiélago Chinijo, reserva marina de valor incalculable y la mayor de Europa.

El interior del Mirador guarda también secretos que reflejan el universo de Manrique: esculturas integradas, una escalera helicoidal que conecta con la terraza superior, una cafetería con vistas imposibles y una tienda donde el diseño rinde homenaje al alma lanzaroteña. Todo fue concebido al milímetro, en colaboración con Eduardo Cáceres y Jesús Soto, y ejecutado durante dos años con un profundo respeto por el entorno.

Aquí, donde el horizonte parece tocar el infinito, uno comprende que la belleza puede ser tan abrumadora como el vértigo.
Haría: el corazón verde donde late el alma de Lanzarote
Enclavado en el fértil Valle de las Mil Palmeras, Haría es un oasis inesperado en medio del paisaje volcánico de Lanzarote. El pueblo se despliega con serenidad entre palmeras altísimas, casas blancas de arquitectura tradicional y calles que serpentean al ritmo pausado del tiempo. Aquí no hay prisa, solo una atmósfera de sosiego que invita a contemplar, a respirar profundo y a conectar con la esencia más íntima de la isla.

Haría es también historia viva. Sus orígenes se remontan a tiempos prehispánicos, y durante siglos fue un lugar de refugio y agricultura, gracias a su microclima privilegiado y su tierra fértil. Pero más allá de su riqueza natural, Haría guarda un tesoro cultural incalculable: es el lugar que César Manrique eligió para pasar sus últimos años. En su Casa-Museo, hoy abierta al público, se respira su espíritu creativo, su amor por la tierra y su inquebrantable compromiso con la conservación del entorno. Caminar por sus estancias, entre bocetos, objetos personales y rincones llenos de arte, es adentrarse en la mente del artista que transformó Lanzarote en un símbolo universal de equilibrio entre naturaleza y cultura.

Punta Mujeres y el misterio encantado del Chalet de Arrieta
Punta Mujeres tiene algo de postal detenida en el tiempo. Paseamos junto al mar, entre piscinas naturales donde las olas acarician las rocas con una cadencia pausada. Y de pronto, entre el murmullo salado del Atlántico, aparece una silueta inesperada: el Chalet de Arrieta. Desde fuera, parece una casa de muñecas varada frente al océano, con su fachada de vivos colores —un azul profundo y un rojo intenso— que nos atrapan al instante. No es un hotel, no es una vivienda cualquiera. Es un símbolo, y también un enigma.

Construido en 1921 por Juan de León Perdomo, un comerciante lanzaroteño que hizo fortuna en Argentina, este singular edificio ecléctico rompe con la estética habitual de la isla. Tejados inclinados, chimeneas elevadas, volutas ornamentales… un conjunto arquitectónico tan insólito como fascinante, creado con un propósito profundamente humano: aprovechar el aire marino para curar a su hija Juanita de la tuberculosis. La historia, sin embargo, se tiñó de tristeza. Juanita falleció y la casa, rebautizada como «El Hotelito La Juanita», quedó sumida en el abandono durante décadas, envuelta en una niebla de melancolía y leyenda. Hoy, aunque intervenido y transformado, su perfil sigue asomando con nostalgia frente al mar, como un recuerdo colorido que se resiste a desvanecerse.

La Geria: el milagro del vino que nace de la ceniza
La Geria es uno de esos paisajes imposibles que solo Lanzarote puede ofrecer. Un escenario hipnótico donde la viticultura desafía toda lógica y, sin embargo, triunfa con fuerza y elegancia. Sobre el manto oscuro de ceniza volcánica, los viñedos crecen protegidos en cráteres circulares delimitados por muros de piedra seca: los «zocos». Desde el aire, parecen dibujos rituales. En tierra, son la expresión viva de una agricultura heroica.

Recorremos pequeñas bodegas familiares, hablamos con viticultores que cultivan la malvasía volcánica como si fuera un tesoro milenario. El vino que nace aquí es único: tiene el sabor de la tierra que resiste, del viento domado y del fuego convertido en fertilidad.

La Casa del Volcán: el refugio telúrico de César Manrique
En Tahíche, sobre un río de lava solidificada, se alza una de las creaciones más impactantes de César Manrique: su antigua vivienda, hoy convertida en la Fundación César Manrique.

Conocida también como la Casa del Volcán, esta obra visionaria es mucho más que una casa: es un manifiesto artístico y ecológico construido entre erupciones. La planta superior rinde homenaje a la arquitectura tradicional de Lanzarote, reinterpretada con un lenguaje moderno y lleno de luz.

Pero es en el nivel inferior donde la magia se intensifica: cinco burbujas volcánicas naturales, conectadas por túneles excavados en la lava, dan forma a un espacio habitable tan surrealista como funcional. Piscina, horno, vegetación exuberante y rincones inesperados crean un diálogo perfecto entre naturaleza y diseño.

Afuera, el jardín continúa la obra: esculturas, murales y frutales conviven con la ceniza negra, el silencio mineral y la energía volcánica. Visitar esta casa es entrar en el universo íntimo de Manrique, y sentir cómo el arte puede brotar del mismo corazón de la tierra.
Las Grietas: el desfiladero secreto de Lanzarote
A simple vista, el paisaje puede parecer tranquilo, pero bajo la ladera de Montaña Blanca, Lanzarote esconde uno de sus tesoros más asombrosos: Las Grietas. Estas formaciones volcánicas, moldeadas por siglos de erosión del agua sobre roca basáltica, recuerdan inevitablemente al majestuoso Siq de Petra, en Jordania. Ambas comparten la magia de los cañones naturales que se estrechan hasta crear un pasadizo de luz y sombra, un escenario casi místico donde la naturaleza parece haber esculpido un santuario secreto.

Avanzar por Las Grietas es adentrarse en las entrañas mismas de la isla. Las paredes se elevan, rugosas, mientras la luz del sol cae en haces dorados que transforman cada paso en una escena cinematográfica. Aquí, el silencio es denso, la temperatura baja y la emoción crece: es como si Lanzarote nos susurrara su historia más íntima al oído. A pesar de su cercanía a los pueblos de Tías y San Bartolomé, este lugar permanece aún fuera de las rutas más transitadas, lo que lo convierte en un rincón privilegiado para quienes buscan la belleza auténtica, sin filtros.
Consejo para exploradores: os recomendamos visitarlas a primera hora de la mañana o al caer la tarde, con calzado adecuado y el máximo respeto por este entorno delicado.
“La naturaleza es la obra maestra más pura.” César Manrique

Tres pueblos, tres almas: Tenesar, Teguise y El Golfo
Hay lugares en Lanzarote que no necesitan palabras, solo tiempo. Tenesar es uno de ellos.
Fuimos por recomendación de Óscar, del encantador Hotel Casa de las Flores, y lo que iba a ser una breve parada se convirtió en una experiencia difícil de olvidar. Este pequeño núcleo costero, azotado por el viento y el mar, parece detenido en otra época. Casas semiderruidas, caminos de tierra y un silencio que impone. No hay nada que hacer, y precisamente por eso, lo dice todo.

Muy distinto es Teguise, la antigua capital de la isla, donde cada calle empedrada cuenta una historia. Sus iglesias blancas, sus plazas tranquilas y su mercado dominical nos hablan de un pasado noble, de cultura y resistencia.

En esta imagen aparece Tito, un perrito entrañable, junto a su dueño —ambos originarios de Teguise—, a quienes veíamos cada día repetir la misma ceremonia: un paseo tranquilo y, después, una pausa frente a su casa. Allí, bajo el sol generoso y en silencio compartido, «posaban» como si formaran parte del paisaje sereno de este rincón con alma.

Y al otro extremo emocional, El Golfo: un pueblo costero donde la vida huele a marisco fresco y lava. Allí, el verde intenso de la Laguna de los Clicos se enfrenta al negro volcánico en un espectáculo de contrastes naturales. Tres pueblos, tres maneras de sentir Lanzarote: lo que fue, lo que permanece y lo que bulle con cada ola.

Volver donde ya fuimos felices
Ya habíamos estado en Papagayo, Bermeja y Famara, pero esta vez decidimos volver. Algunas playas se quedan grabadas y necesitábamos repetir.
Papagayo nos recibió como la primera vez: una cala resguardada entre acantilados, agua clara y calma total. Llegamos al atardecer y apenas había nadie. Luz perfecta, mar en pausa.

En Bermeja, el paisaje cambia por completo: arena negra, montaña rojiza y un océano que no deja de romper con fuerza. Crudo, directo, inolvidable.

Y Famara, nuestra favorita. Es imponente. Las dunas se mueven con el viento, el risco se alza al fondo como una muralla natural, y los surfistas atraviesan las olas como si fueran parte del paisaje. Tiene algo que no cansa, que siempre impacta.

“No entiendo el arte sin vida, ni la vida sin libertad.” César Manrique
Eguzkine: cerámica que cuenta historias
Volver a ver a Eguzkine Zerain fue como reencontrarse con una vieja amiga que siempre tiene algo nuevo que decir. En su taller de Teseguite, sus vajillas parecen hablarnos: de la tierra, del mar, de la calma. Nos llevamos varias, porque cada una es única. Porque cada una guarda un pedazo de isla.

Donde el sabor importa: una ruta gastronómica por Lanzarote
Comer en Lanzarote es parte esencial del viaje. La isla se saborea en platos que hablan de mar, volcán y memoria, y lo comprobamos en cada parada.
En Tacande, la cocina es honesta, directa. El queso ahumado, el vino mineral y unas papas con mojo reinterpretadas nos recordaron que la sencillez, bien hecha, emociona.
En Coentro, el chef João Faraco mezcla raíces portuguesas con alma isleña: bacalao, pulpo y calabaza servidos con creatividad, pero sin perder autenticidad.
En La Bodega de Santiago, el pescado al horno con mojo nos dejó pensando en lo bien que sabe lo simple cuando se hace con cariño.
También hubo tiempo para lo informal en Bar Tropical —con sardinas, papas y vino frío— o en El Barquillo, donde el pescado se cocina como antes: con tiempo y respeto. Y, por supuesto, Dunas de Famara, con su ambiente relajado frente al risco.

Pero si hay un lugar que nos marcó, ese fue Sebe, en Costa Teguise. Este restaurante ha sido reconocido en 2025 con un Sol Repsol, el premio al Restaurante Sostenible del Año, y figura como recomendado en la Guía Michelin. ¿La clave? Un equipo que entiende la cocina como una forma de respeto al territorio.
Al frente está el chef Santi Benéitez, y en sala y bodega, su pareja Begoña Ratón, maitre y responsable de una carta de vinos canarios que es puro conocimiento y criterio. En su bodega destacan referencias imprescindibles de Lanzarote, La Palma y El Hierro, con especial atención a pequeños productores. La cocina de Benéitez parte del producto local, lo respeta y lo eleva con técnica, sensibilidad y cero artificios. Son famosos sus arroces y frituras, pilares de la casa.
Nosotros probamos su riquísimo sashimi de quisquilla al ajillo de La Santa con almogrote, una combinación brillante de textura y sabor. Y como aperitivo, unas papas negras asadas con mojos tradicionales —verde de cilantro y rojo de pimentón—. Mmm…

Le siguió el arroz meloso de carabinero de La Santa: intenso, sabroso e impecable.

Y en lo que respecta a los postres, nos decantamos por el flan de leche de cabra que nos conquistó por su delicadeza. Pero fue el sorprendente «Solo Millo» el que nos dejó sin palabras: un homenaje al maíz de la isla, con forma de pavlova bulbosa que recuerda a las cúpulas abombadas de algunos edificios de la India, aquellas que tanto fascinaban a César Manrique y que integró en muchas de sus creaciones.

Además de una cocina impecable, el servicio es cercano, profesional y encantador, lo que convierte la experiencia en algo completo, auténtico y memorable. Sebe no es solo un restaurante: es un lugar al que siempre apetece volver cada vez que se visita la isla.

Sin más, y tras unos días fabulosos, decimos adiós sabiendo que Lanzarote aún guarda mucho por descubrir. Esta isla, donde el arte, la gastronomía, la naturaleza y el diseño se abrazan como en ningún otro lugar, sigue sorprendiéndonos y, precisamente por eso, siempre invita a volver.
(*) Fotografías: Ely Sánchez y Cecilia Camacho (CC/studio).











