Casa Cometa: arquitectura al borde del colapso

Hay proyectos que nacen de una intuición. Otros, de una oportunidad. Casa Cometa nace de una situación crítica: una cubierta al borde del colapso y una obra descontrolada que exigía algo más que diseño. Exigía responsabilidad.

Ubicada en el barrio de Tetuán, en Madrid, esta reforma firmada por Bardo Arquitectura transforma un problema estructural en el origen mismo del proyecto. Lo que comenzó como una intervención urgente para evitar el derrumbe terminó convirtiéndose en una operación precisa y casi quirúrgica: una segunda planta que actúa como gran cercha habitable, ligera pero resistente, capaz de sostener no solo la estructura, sino una nueva forma de habitar el espacio.

La imagen de una cometa —anclada al suelo pero suspendida en el aire— atraviesa todo el proyecto. Es metáfora, pero también sistema constructivo, decisión cromática y estrategia espacial.

Recientemente conversamos con Emiliano Domingo, fundador de Bardo Arquitectura, sobre cómo se enfrenta un arquitecto a una situación límite y cómo la estructura puede convertirse en carácter.

El proyecto nace a partir de una situación crítica: una obra mal planificada y una cubierta al borde del colapso. ¿Cómo afrontas como arquitecto un encargo que parte de un problema tan delicado y qué condicionó más el desarrollo del proyecto?

Cuando llegamos, no era un proyecto bonito. Era un problema. Una cubierta al borde del colapso y una obra que se había ido descontrolando.

En momentos así, lo primero no es diseñar, es asumir responsabilidad. Hay algo casi físico en esa sensación: sabes que cualquier decisión tiene consecuencias reales. Y eso te coloca en un lugar muy honesto.

Lo más delicado no fue solo la cubierta, fue recomponer la confianza y el rumbo. Había que actuar con rapidez, pero sin precipitarse. Parece contradictorio, pero no lo es.

La estructura lo condicionó todo. De hecho, más que condicionar, lo originó. El proyecto nace ahí, en esa necesidad urgente de sostener.

La nueva cubierta funciona como una gran cercha habitable, ligera pero resistente. ¿Qué aprendizajes te dejó este proceso de trabajo tan estrecho entre arquitectura y estructura, especialmente junto a Manuel Ocaña?

La cubierta terminó siendo una gran cercha habitable, ligera pero tremendamente exigente.

Trabajar junto a Manuel Ocaña fue fundamental. Manuel tiene una forma de pensar la estructura que no la separa de la arquitectura, y eso cambia todo. No era «resolver» y luego diseñar, era pensar ambas cosas a la vez.

Aprendí que la ligereza no tiene que ver con que algo pese poco, sino con cómo se comporta. Con cómo transmite las cargas. Con cómo respira.

Y también aprendí que cuando estructura y arquitectura van en paralelo, el proyecto se vuelve mucho más claro. Más inevitable, incluso.

“La ligereza no tiene que ver con que algo pese poco, sino con cómo se comporta.”

Hablas de “atomizar” los apoyos para evitar concentraciones de carga, casi como si se cosiera la cubierta. ¿Hasta qué punto este gesto técnico acabó influyendo también en la forma y el carácter del espacio interior?

La idea de atomizar los apoyos surge de una necesidad muy concreta: evitar concentraciones de carga que nos volvieran a poner en una situación crítica.

Pero lo interesante es que esa decisión técnica acabó transformando el espacio.

Al repartir los apoyos como pequeñas puntadas —casi como si estuviéramos cosiendo la cubierta— la sensación cambia completamente.

La cubierta ya no aplasta. Flota.

Y esa fragmentación genera una atmósfera distinta, más vibrante. El espacio no está dominado por un gesto único y pesado, sino por una constelación de apoyos que sostienen sin imponerse. Y eso, sin buscarlo del todo, le dio carácter al interior.

La imagen de la cometa y la idea de ingravidez atraviesan todo el proyecto, desde el nombre hasta los materiales y colores. ¿Cómo se traduce un concepto tan etéreo en decisiones arquitectónicas concretas?

La cometa fue una imagen que apareció casi de manera intuitiva. Y cuando aparece algo así, si tiene fuerza, lo mejor es no forzarlo demasiado.

Una cometa está anclada al suelo, pero parece suspendida. Esa tensión era exactamente lo que queríamos construir.

Lo traducimos en perfiles esbeltos, ritmos repetidos, colores más fríos en la estructura para reforzar esa sensación de ligereza, y materiales más cálidos en el interior para que el espacio no se volviera distante.

La ingravidez no es algo que se dibuja en un render. Se construye eliminando lo innecesario. A veces incluso dudando mucho.

Casa Cometa parece moverse constantemente entre opuestos: ligereza y peso, frío y cálido, estructura y emoción. ¿Crees que este proyecto resume bien la manera de entender la arquitectura que tenéis en Bardo Arquitectura?

Sí, creo que Casa Cometa resume bastante bien cómo entendemos la arquitectura en Bardo.

Nos interesa trabajar en la tensión: ligereza y peso, frío y cálido, estructura y emoción. Y también en esa línea más difusa entre lo correcto y lo que tiene carácter. Muchas veces lo «de buen gusto» se asocia a lo neutro, a lo que no molesta. Y a nosotros eso nos interesa menos.

Aquí decidimos no suavizar la contundencia estructural. No esconder el problema del que partíamos. Asumirlo le dio identidad al proyecto.

“Asumir el problema le dio identidad al proyecto.”

Casa Cometa nace de una situación crítica y termina hablando de equilibrio y de vuelo. Y creo que en esa mezcla, un poco incómoda a veces, está bastante bien resumida nuestra forma de hacer arquitectura.

Ficha técnica

– Autor: Bardo (Emiliano Domingo).

– Colaboradores: Morgan Przeraski, Raquel Calvo.

– Diseño estructural: Bardo + Manuel Ocaña.

– Estilismo: Uri Serra Pelayo.

– Asesoría de Arte: Mía de Diego Gila.

– Esculturas: Iria Martínez.

– Ubicación: Tetuán, Madrid.

– Superficie: 48 m² + 15 m² altillo.

(*) Fotos: Germán Sáiz.

BACK
BACK TO TOP