No quería omitir ningún detalle, por explícito que fuera. Muchas lectoras me han compartido que han vivido prácticas que aparecen en «Mammalia».
Para mí, el miedo al propio cuerpo tenía que ser un tema central en la historia: el terror a someterse a procedimientos de reproducción, a la manipulación, a la transformación constante, a la incertidumbre, a la vulnerabilidad absoluta ante fuerzas externas. A no poder controlar nada.
El cuerpo como territorio donde lo biológico, lo instintivo y lo social confluyen en una tensión permanente.
“Otro de los terrores que quería desarrollar es la manipulación de la memoria en la infancia y cómo afecta a la construcción de la propia identidad.”
Mammalia mantiene una tensión constante, casi física, como si algo estuviera a punto de romperse. ¿Cómo construiste ese ritmo narrativo que acompaña tan bien la atmósfera de la historia?
Tardé dos años en escribir toda la historia hasta llegar a la revelación final, y luego pasé tres años más dedicada por completo a la reescritura. Buscaba un equilibrio entre ofrecer pistas suficientes para que el lector pudiera intuir el rompecabezas, y al mismo tiempo no revelar nada antes de tiempo. Sostener esa tensión era clave.
Creo que parte del ritmo también procede de la música que escucho mientras escribo. Trabajo completamente a oscuras y escojo con mucho cuidado las canciones que acompañan cada capítulo. Es mi banda sonora. Escucho la música y mis dedos se mueven al compás, como si estuviera transcribiendo la película que se proyecta en mi mente. Una película que me envuelve atmosféricamente.
Desde el principio tuve claro que, al coexistir dos líneas temporales tan distintas —la historia de Cora y la historia de la clínica—, debía escribirlas de forma diferenciada. Eso también me permitió modular el ritmo. La historia de Cora es más narrativa, escrita en pasado y en primera persona; en cambio, los pasajes de la clínica son breves, más fragmentados, en presente, en tercera persona y con un tono que mezcla lo quirúrgico con lo poético.
El título Mammalia remite a una condición biológica compartida, pero también tiene algo de etiqueta, de clasificación. ¿Por qué lo elegiste y qué capas de lectura crees que abre?
Cuando abrí el primer documento en blanco y escribí el final —lo primero que plasmé—, estaba enseñando en el instituto las taxonomías, la clasificación de los animales. Entonces pensé que «Mammalia» (mamíferos) era un título provisional ideal: tenía una mezcla de misterio, poesía y ciencia, y representaba perfectamente la historia.
Así fue como nombré ese primer documento y cómo me referí a la novela durante años. Meses antes de enviarla a imprenta, la titulé «El polen y la ceniza». Aunque me gustaba, no me sentía del todo cómoda. Es como cuando eliges el nombre de tu hijo mientras está en el vientre: ya no hay vuelta atrás.
«Mammalia», en cambio, remitía a algo atávico. A los rugidos guturales que aparecen continuamente en la historia como un eco primitivo que habla de la memoria corporal.
El deseo, pese al sistema de vigilancia y disciplina, emerge con fuerza en la novela. ¿Qué papel juega el deseo femenino frente a los mecanismos de represión que plantea el relato?
El deseo siempre acaba emergiendo, incluso bajo represión y control externo. Es inevitable. Forma parte de la condición humana.
Y era un tema que me apetecía mucho explorar. Especialmente en relación con la maternidad, quería cuestionar esa delgada línea entre el deseo y el supuesto derecho a ser madre. ¿De dónde proviene ese deseo maternal? ¿Y qué ocurre cuando se convierte en un derecho malentendido?
Cuando pasas tantos años intentando ser madre, se genera un diálogo interno incómodo, revelador y profundo, en el que te preguntas de dónde nace realmente ese anhelo.

Hay una pulsión de transformación constante en Mammalia, especialmente ligada al cuerpo y sus límites. ¿Hay algo de personal o autobiográfico en esa exploración?
Me interesaba mucho explorar el miedo al propio cuerpo: al descontrol, a la vulnerabilidad a la que nos enfrentamos. Los cuerpos biológicamente femeninos están en constante cambio, no solo a lo largo de la vida, sino cada mes. La transformación es continua.
Y cuando entran en juego procedimientos quirúrgicos relacionados con la reproducción, todo puede volverse mucho más terrorífico. Esa sensación de no dominar lo que sucede dentro de ti, y de depender de diagnósticos y decisiones externas, atraviesa profundamente la novela.
Aunque «Mammalia» no es autoficción, sí hay una parte personal en esa exploración del cuerpo como territorio incierto y a veces hostil.
Y no solo en relación con la reproducción asistida. Sara, la madrastra de Cora —y mi personaje favorito— se pierde en una gruta claustrofóbica donde las piedras le arañan el vientre. Para mí, esa escena es una metáfora del proceso de autoconocimiento doloroso en torno a la maternidad y la no maternidad.
Siempre me ha apasionado hablar de las emociones desde lo corporal. Mi primer libro publicado, hace ya diez años, eran microcuentos poéticos que exploraban simbólicamente cómo las emociones afectan visceralmente al cuerpo.
En «Mammalia», esa corporalidad adquiere un carácter atávico. La maternidad conecta con algo muy antiguo, totalmente mamífero.
“El deseo siempre acaba emergiendo, incluso bajo represión y control externo. Es inevitable.”
La novela no busca cerrar sentidos, sino abrirlos. ¿Qué tipo de reacción, reflexión o diálogo esperas que se genere entre el libro y quienes lo leen?
Algo que me emociona profundamente es cerrar clubs de lectura mucho más tarde de lo previsto porque varias lectoras me comparten sus experiencias. Me hablan de sus procesos y de cómo «Mammalia» las ha acompañado.
Y —sin hacer spoilers— muchas me han agradecido el final. Yo tenía clarísima, desde el principio, la decisión que tomaría Cora respecto a su maternidad.
Aunque quise escribir un final sorprendente y cerrado, «Mammalia» es, en realidad, una historia muy viva, que se transforma con cada nueva mirada, con cada lector o lectora que la recorre.
Esa capacidad de abrir diálogos y reflexiones —en torno a la maternidad y la no maternidad, o a la manipulación de la memoria y la identidad— es lo que más me conmueve.
(*) Imágenes proporcionadas por Lava editorial.