«Reliquia», el nuevo libro de Pol Guasch
“Habría agradecido una nota”.
Con esa frase se abre Reliquia (Anagrama), y en ella ya está contenido todo el libro: la ausencia de una despedida, la necesidad de una explicación que nunca llegó y el peso de tener que convivir con esa ausencia.
Este libro memoir de Pol Guasch gira en torno al suicidio del padre. No se trata de un tema lateral ni un telón de fondo, sino que se trata del centro gravitatorio desde el que se escribe. Todo vuelve a ese punto —qué ocurrió, cómo ocurrió, qué se puede hacer con lo que queda— sin que el texto pretenda ofrecer una respuesta definitiva.
Lejos de construir un relato ordenado o tranquilizador, Guasch escribe desde la curiosidad. Desde una proximidad que no permite tomar distancia, sino que obliga a regresar una y otra vez sobre lo mismo.
Reconstruir sin garantías
En Reliquia hay un intento constante de reconstrucción. El texto avanza a través de escenas, recuerdos y detalles que buscan una forma de sentido, aunque ese sentido nunca llegue a fijarse del todo.
“Intentar comprender el pasado es imposible. Me he obsesionado con detalles inocentes y los he forzado para que entren en la historia…”
La escritura se sitúa en un equilibrio incómodo: la necesidad de entender frente a la certeza de que todo recuerdo está atravesado por lagunas, interpretaciones y distorsiones. Porque recordar no es volver a lo que fue, sino acercarse a ello desde un presente que ya lo ha transformado.
El pasado no se queda quieto
A medida que el libro avanza, se hace evidente que el pasado no es un territorio estable. No espera a ser comprendido, sino que cambia con el tiempo, con la distancia y con la forma en que volvemos a él.
“El pasado nos sostiene porque no es como nos lo habíamos imaginado”.
No recordamos lo que ocurrió, sino lo que somos capaces de reconstruir ahora. Y esa reconstrucción nunca es definitiva. Por ello, Reliquia no busca fijar una versión cerrada, sino habitar ese espacio donde lo recordado y lo perdido conviven sin resolverse.
El duelo y lo que permanece
Aunque el duelo atraviesa todo el libro, Reliquia no se construye como un relato centrado en él ni en sus posibles resoluciones. Más bien, se articula como un regreso a lo ocurrido hace diez años: una tentativa de volver sobre ese momento desde la distancia que impone el tiempo y desde la mirada de quien ya no es el mismo.
Pol Guasch perdió a su padre con catorce años, y esa edad —ese punto de partida— condiciona también la forma en la que uno crece y en la propia identidad. Y esto es algo que Guasch expresa en el libro mediante sus experiencias personales con sus parejas y amistades, así como con su familia.
“El duelo es una manera insistente de negar el olvido que, inevitablemente, llega con el tiempo”.
El libro no se recrea en el dolor, pero tampoco lo esquiva. Lo que hace es rodearlo, volver a él, observar cómo ha cambiado con los años y cómo sigue operando en el presente.
En ese recorrido aparece también una dimensión que el texto sí reconoce: la vergüenza. Y lo hace como una presencia que atraviesa la experiencia. La vergüenza que acompaña a este tipo de muertes, que sobre todo afecta al entorno más cercano.
Una vergüenza que condiciona la forma de contar, de recordar y de situar lo que ocurrió frente a los demás. En Reliquia, esa incomodidad se filtra en la escritura y se vuelve permeable al paso del tiempo.
Mirar sin apartar la vista
“Matarse, en cambio, debe ser la mejor forma de asegurarse de que los vivos no te olvidarán fácilmente”.
Esta frase introduce una idea incómoda que el libro no evita: la forma en que la muerte altera la memoria de quienes permanecen. No se trata de explicar el gesto, sino de pensar en sus consecuencias. En este contexto, las referencias a distintos autores que como Sylvia Plath se suicidaron, amplían el campo de lectura sin desviar el foco.
Más allá de lo personal
Aunque el punto de partida es íntimo, el libro no se queda en el relato individual. A partir de esa experiencia, abre una reflexión más amplia sobre la memoria, la pérdida y la forma en que intentamos entender lo que no se deja entender fácilmente. Ahí es donde el texto se expande. No se limita a contar lo que ocurrió, sino que plantea una forma de pensar sobre ello.
Lo que queda
Reliquia empieza con una ausencia y termina en un lugar que no resuelve esa falta, pero sí la mira de otra manera.
En las últimas páginas, Guasch escribe:
“Yo he trazado el camino inverso: levantar la mirada del mundo, alejarme de él, y volver a mirarte. Intentar entender qué había entre la realidad y tú. Y ahí, justo en ese trozo de existencia invisible, ponerme yo”.
Ese gesto resume el libro. No se trata de cerrar ni de explicar, sino de encontrar una forma de situarse frente a lo ocurrido, incluso cuando no encaja del todo.