Cuando se apaga la luz, se enciende la consciencia
Por Cecilia Camacho, editora de CC/magazine
El pasado lunes, millones de hogares en España y Portugal quedaron sumidos en la oscuridad. El silencio eléctrico no fue solo un fallo técnico; fue una pausa involuntaria, un susurro de la realidad que se esconde tras nuestras rutinas conectadas. De pronto, sin previo aviso, el zumbido constante de la electricidad —ese latido invisible que sostiene nuestra vida moderna— se detuvo. ¿Y ahora qué?
La periodista Marta Peirano lleva años alertándonos: «El sistema no solo depende de la electricidad, sino de nuestra ciega confianza en que esta nunca fallará». No hablaba solo de redes eléctricas o servidores, sino de algo más profundo: nuestra relación con el mundo, mediada por pantallas, cables y algoritmos.
El apagón no fue el fin del mundo. Pero sí fue una metáfora brillante —irónicamente— de nuestra fragilidad. Cuando cae la luz, cae también la ilusión de que todo está bajo control. El WiFi desaparece. El ascensor no funciona. Las notificaciones dejan de llegar. Y nosotros, hijos de un siglo iluminado artificialmente, nos enfrentamos a lo que hemos olvidado: la oscuridad como origen. El tiempo sin prisa. El pensamiento sin ruido.
Los antiguos filósofos sabían que el conocimiento nace en la pausa, no en la inercia. Que el vacío no es amenaza, sino posibilidad. Epicuro hablaba de la ataraxia, esa calma que solo llega cuando se detiene el bullicio exterior. ¿Y si el apagón fue, por unos instantes, un llamado a recuperar esa serenidad?
Mientras tanto, voces expertas buscan las causas: ¿fallos técnicos?, ¿problemas de sincronización en las renovables?, ¿ciberataque? Pero en CC/magazine no nos interesa tanto el qué, sino el para qué. ¿Para qué nos sirve este apagón? Quizás para recordarnos que no somos tan independientes como creemos. Que la luz no es garantía. Que detrás de cada interruptor, hay una red de decisiones, recursos y vulnerabilidades. Y, sobre todo, que el mundo real —el tangible, el de la conversación sin emojis, el de las miradas sin filtros— sigue ahí, esperando ser redescubierto cuando la corriente cae.
Vivimos en una época que glorifica la inmediatez. Donde cada segundo está monetizado, cada silencio es incómodo, y cada momento debe compartirse para tener valor. Pero ¿y si el sentido está, precisamente, en lo no compartido? ¿En lo que sucede cuando nadie está mirando una pantalla?
El apagón fue también una fisura en la narrativa del control. Nos mostró que incluso el sistema más avanzado puede fallar. Que lo tecnológico no es sinónimo de infalible. Que la sostenibilidad no es solo un término de moda, sino una urgencia estructural. Y, por qué no, que tal vez deberíamos tener más conversaciones sobre cómo queremos vivir, y no solo sobre cómo queremos consumir.
En un mundo que nos empuja a la hiperconexión, a la producción sin tregua, a la dependencia absoluta de lo inmediato, el apagón fue un poema breve. Un haiku en plena distopía digital. Un recordatorio de que el presente también puede vivirse sin batería. Un parpadeo de vulnerabilidad que, por unos segundos, nos obligó a mirar hacia dentro.
La luz volvió, sí.
Pero ojalá esta sombra nos haya enseñado a ver.
(*) Imagen portada: Pexels.