Atrapados en la mierdificación

Por Cecilia Camacho, fundadora de CC/magazine y consultora estratégica en CC/studio

Abrimos Instagram para ver qué han publicado las personas a las que seguimos y acabamos buscando sus nombres porque sus publicaciones apenas aparecen. Cuando queremos leer un artículo, tenemos que cerrar ventanas, rechazar notificaciones y localizar el texto entre elementos que reclaman nuestra atención. Son pequeñas interrupciones a las que nos hemos acostumbrado, pero que invitan a una pregunta: ¿cómo ha cambiado la experiencia de utilizar servicios que en algún momento nos parecieron sencillos y útiles?

El escritor y activista digital Cory Doctorow llama enshittification, traducido como mierdificación, al proceso por el que las plataformas deterioran sus servicios para extraer cada vez más valor de quienes dependen de ellas. Según su análisis, primero ofrecen una experiencia atractiva para reunir usuarios, después utilizan esa audiencia para captar negocios y anunciantes y, cuando ambas partes tienen suficientes razones para quedarse, modifican las condiciones en su propio beneficio. La palabra hace sonreír hasta que reconocemos situaciones que hemos vivido y encontramos una explicación que las conecta.

Para quienes publicamos, esta cuestión tiene una dimensión particular: dedicar tiempo a preparar un contenido no garantiza que llegue a las personas que han elegido seguirnos. Como lectores, también podemos dejar de ver publicaciones que nos interesan mientras recibimos otras que no habíamos buscado. Entre quien quiere compartir algo y quien desea conocerlo interviene un sistema que organiza ese encuentro.

Las recomendaciones pueden abrirnos a descubrimientos inesperados. Pero seguir una cuenta también expresa una intención: quiero conocer tu trabajo, saber qué escribes o ver tus fotografías. Merece la pena preguntarse qué lugar conserva esa elección dentro de una experiencia cada vez más orientada por las plataformas.

Crear, comunicar y mantener el criterio

Para un fotógrafo, una revista, un diseñador o una pequeña tienda, comunicar el trabajo forma parte de la actividad profesional. Preparar publicaciones, adaptar imágenes, editar vídeos y escribir textos permite darlo a conocer y encontrar personas interesadas en él. Las redes han ampliado esas posibilidades y nos han animado a explorar otras maneras de contar.

La dificultad aparece cuando las recomendaciones sobre frecuencia, formatos y alcance empiezan a marcar el ritmo de la creación. Mantener una cuenta activa requiere tiempo, y conviene preguntarse cómo repartirlo para que la difusión acompañe al trabajo y deje espacio para investigar, pensar y desarrollar nuevas ideas.

En ese equilibrio, el criterio propio resulta fundamental. Una entrevista no pierde valor porque reciba pocas reacciones, ni una publicación se vuelve más relevante por acumularlas. La curaduría implica elegir con atención, investigar y reconocer qué merece ser contado, aunque su interés no se traduzca de inmediato en una cifra.

Las métricas pueden ayudarnos a entender cómo circula un contenido, pero también predisponernos a juzgarlo antes de prestarle atención. En CC/magazine ocultamos los likes porque queremos que cada lector valore lo que compartimos por lo que le aporta, sin que el número de reacciones condicione ese juicio.

Cuidar la presentación y aprender de la respuesta del público es compatible con sostener una mirada editorial. La cuestión es qué decisiones dejamos en manos de esos indicadores y cuáles queremos seguir tomando desde el conocimiento, la curiosidad y la confianza en lo que hacemos.

Lo que nos mantiene aquí

Ante el descontento con una plataforma, suele aparecer una respuesta: dejar de utilizarla. Sin embargo, una cuenta puede contener años de relaciones, conversaciones y trabajo. Puede reunir a lectores de distintos países, clientes que nos encontraron por casualidad y profesionales cuyo criterio valoramos. Cambiar de servicio implica pensar también en cómo dar continuidad a esos vínculos.

Doctorow sitúa esa dificultad para salir en el centro de su análisis: las relaciones que hacen útil una plataforma pueden mantenernos dentro cuando sus condiciones cambian. Haber construido algo valioso en ella influye en nuestra capacidad para elegir.

Y ese valor sigue existiendo. Hay encuentros que merecen la pena, descubrimientos inesperados y conversaciones que difícilmente habrían ocurrido de otra manera. Podemos apreciar todo ello y, al mismo tiempo, revisar nuestra relación con el lugar que lo hace posible. Ambas cosas caben en una misma experiencia.

La gratuidad de acceso tampoco explica por completo lo que supone participar. Nuestra atención, el tiempo dedicado a gestionar una cuenta y la información que proporcionamos forman parte del intercambio. Tenerlo presente nos permite valorar un servicio por lo que aporta y por lo que requiere, más allá de si pagamos por entrar.

Desde ahí, la pregunta puede ser más abierta: ¿qué queremos conservar de nuestra presencia en las redes y qué lugar queremos que ocupen en nuestra vida profesional y personal?

Dar continuidad a la curiosidad

Desde una revista dedicada al diseño, la arquitectura, el arte y la cultura, nos interesa especialmente cómo descubrimos aquello que termina siendo importante para nosotros. Una recomendación puede llevarnos a un autor, ese autor a un libro y el libro a una pregunta que nos acompaña durante meses. Para que esa relación crezca necesitamos poder detenernos y seguir una curiosidad que todavía no sabemos adónde nos llevará.

Las redes pueden iniciar ese recorrido. A veces basta una imagen para despertar el deseo de visitar una exposición o conocer un proyecto. Dar el siguiente paso —buscar más información, leer con calma, recordar un nombre— convierte ese primer estímulo en una experiencia más duradera.

También conviene recordar que lo que aparece en nuestra pantalla es una selección. Hay autores que publican poco, proyectos que necesitan contexto y propuestas que circulan por otros canales. La visibilidad ofrece pistas, pero explorar más allá de ella amplía nuestras posibilidades de descubrir.

Entrar directamente en la web de una publicación, buscar a alguien cuyo trabajo nos interesa, guardar un artículo para leerlo o suscribirnos a una newsletter son maneras de dar continuidad a esas inquietudes. Compartir una propuesta explicando por qué merece atención añade algo igualmente valioso: una recomendación con criterio, capaz de ayudar a otra persona a encontrar su propio punto de conexión.

Estos gestos conviven con una cuestión más amplia. Doctorow plantea que frenar el deterioro de las plataformas requiere competencia, regulación y posibilidades reales de cambiar de servicio sin perder lo construido. Esa dimensión colectiva importa: la calidad de la experiencia digital también depende de las condiciones que permiten a los usuarios elegir y a las empresas responder por sus decisiones.

Comprender esa relación nos ayuda a mirar los cambios con más perspectiva. Podemos aprender a utilizar una herramienta y preguntarnos, a la vez, cómo está diseñada, qué favorece y hasta qué punto responde a los intereses de quienes participan en ella.

Seguimos aquí porque hemos encontrado personas, ideas y trabajos que nos importan. El reto es cuidar esas relaciones y mantener viva la curiosidad que nos llevó a buscarlas. Una red social merece ser valorada también por su capacidad para facilitar esos encuentros, respetar nuestras preferencias y permitirnos profundizar en lo que elegimos. Quizá esa sea una buena pregunta con la que volver a abrir la aplicación: ¿qué queremos encontrar hoy y qué haremos cuando lo encontremos? Food for thought.

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