Oda al aburrimiento…

Aunque cueste asumirlo, por la poca costumbre… no hacer nada es algo bueno, e incluso, según los expertos, es algo muy saludable. Básicamente porque pasarnos el día ocupados, sin parar, de aquí para allá, corriendo, sin dedicarnos tiempo, sin reflexionar y solo obcecados en ‘despachar’ temas… lo único que produce es que nuestro síndrome de productividad o nuestro FOMO se agudice y la ansiedad campe a sus anchas.

De hecho, Enrique Vila-matas en su gran libro ‘Bartleby y compañía’ ya aseguraba que: No hacer absolutamente nada es la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual». Y tiene toda la razón. Sin embargo, y a pesar de todos los beneficios que comporta el ‘dolce far niente’ ¿por qué nos cuesta tanto? Según Andrew J. Smart, científico y autor del libro «El arte y la ciencia de no hacer nada» estamos destruyendo nuestro cerebro, nuestra felicidad y nuestra creatividad al evitar el aburrimiento y estar permanentemente ocupados. Y es que aunque no seamos conscientes del todo, está mal visto no hacer nada. Principalmente porque nos han vendido el cuento de que nuestro objetivo en la vida deba ser el de una hormiguita obrera: hacer, producir, no pares sigue, sigue…

“El esfuerzo continuo no nos hace más felices y acaba con nuestra creatividad.”

Así que viendo como está el percal y sabiendo que, curiosamente, nuestro córtex se activa cuando no hacemos nada, y que perder el tiempo potencia nuestras habilidades, nos ayuda a conocernos y a estar más calmados… ¿Por qué no destinamos tiempo a parar? ¿por qué tenemos tanta prisa?

“Procastinar, hacer el vago, no hacer nada… debería ser obligatorio e incluso podrían prescribirlo los médicos.”

Otra de las teorías que están sobre la mesa es que en resumidas cuentas el hombre no nació para trabajar. Una conclusión a la que han llegado grandes neurólogos, ya que el descanso ha sido siempre algo inherente a la vida del ser humano. Sin embargo, lo que ha pasado es que la revolución industrial, la globalización y el capitalismo han convertido el tiempo en el bien más preciado, consiguiendo a su vez que el ocio esté al alcance de muy pocos, y como os decía antes se «desprecie» a las personas que en lugar de trabajar sin parar, disfrutan de esta saludable práctica.

“El tiempo es el fuego en el que nos quemamos.”

Otra de las causas de esta «vida non-stop» ha sido la tecnología. Esta ha provocado que vivamos enganchados al móvil, a Internet, a las redes sociales… Solo hace falta observarnos tanto a nosotros como a la gente que nos rodea. Todo el mundo va con la cabeza mirando hacia abajo…

Asimismo, no somos del todo libres ante esta tendencia. Muchas empresas amenazan a sus trabajadores si no se quedan más tiempo trabajando, incluso ahora que muchos de nosotros teletrabajamos, a pesar de que está más que comprobado que:

“La riqueza no depende del número de horas. Depende de la productividad y la tecnología, y también de que los trabajadores trabajen en mejores condiciones. Hay que acabar con la cultura del presentismo.” I. Errejón

De ahí que estemos subyugados a los deseos de una élite, que es la que maneja este lifestyle, que está claro que favorece solo a unos pocos.

Sin más, es evidente que romper de golpe con una dinámica tan arraigada no es nada fácil, pero lo que sí que podemos hacer son pequeñas aproximaciones a un estado mental y físico más sano y que propicie nuestro bienestar. Porque realizar diversas actividades al mismo tiempo, provoca que no hagamos bien ninguna de ellas y perdamos nuestra capacidad de concentración. Por este motivo, si dedicamos un tiempo a hacer el vago, aunque suene mal, conseguiremos conocernos más, tomar mejores decisiones, saber lo que queremos e incluso comprobaremos como brotan de nuestro cerebro ideas y sensaciones, que con el piloto automático es imposible que percibamos.

(*) Foto de Brett Sayles


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